El hombre más idiota del mundo despierta a mediodía y al
mirarse al espejo nota que los caninos superiores sobresalen en la mordida:
comprende, sorpresivamente, que ha dejado de ser simplemente un hombre (uno muy
idiota) y ha pasado a ser un vampiro.
Además es un hombre vengativo: planea cómo clavará sus
colmillos en los fuertes cuellos de los musculosos que siempre lo molestaron,
planea la manera en la que seducirá (recordemos que los vampiros seducen con
vileza) a las rubias que nunca lo miraron.
Imagina su castillo, las historias que contarán los aedos
rumanos sobre su vida, las entrevistas televisivas, su rostro en el billete con
más ceros, películas con actores norteamericanos interpretándolo una y otra
vez.
Pero nada lograría encerrado en su habitación: se viste con
una capa que antes era un mero disfraz y quita el polvo a sus zapatos más
caros. Abre la puerta, sale a la calle convencido de que comenzará una nueva
vida: los rayos más gruesos del sol lo desintegran, sobre el suelo sólo queda
ropa con algunas cenizas dispersas.
El vampiro más idiota del mundo muere bajo el sol del
mediodía.
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