domingo, 6 de enero de 2013

Los días de toda la noche


Al comenzar el último minuto de su vida, el poeta escribe: “uno se encuentra con objetos y con palabras, sin saber cuál ha existido antes, como se topa con versos y puntos finales sin saber siquiera cuándo comenzó la poesía.
Se pasa la vida tocando al amor no tan a menudo como a las mujeres, alcanza con una sola para deambular sólo con la muerte. Y no es hasta que está solo, completamente solo y la noche pesa en el alma como al ahorcado su propio peso.
Y la tinta chorrea hilos de baba de una boca que no besa, y el beso que es ausencia afirma que no hay peor pena que la espera y la soled…”

Al cumplirse el segundo final, otro poeta ha muerto y otro escrito carece de final, al menos por hoy.

El guardián entre la alfombra


Por la ventana de la residencia brillan a lo lejos los explosivos. Si la ciudad caerá mañana o la semana que viene, ninguno puede saberlo. Mientras tanto, la rutina de la familia sigue siendo la misma que hace unos meses: en sus ojos no se opaca la muerte, ni les brillan lágrimas, ni les laten las pupilas con taquicardia. La madre peina a las niñas todas las mañanas, les desenreda el largo pelo crecido y las deja jugar con sus muñecas de trapo que ella misma hizo. Alguna que otra vez me pregunta si creo que sus hijas podrán casarse con algún oficial bien parecido como lo era su padre, y miro un segundo a las niñas, principalmente a la morochita, y le digo que probablemente con semejante belleza conquisten a varios generales. Pero en realidad quiero decirle que me deje matarlas antes de lo peor, que me deje darles un tiro en la nuca y enterrarlas, que no sufrirán, que no sentirán nada. El simple instante en que las imagino tomadas por el enemigo y violadas hasta el hartazgo me revuelve las tripas.
Por las noches, espero a que todos duerman, aseguro las puertas y cargo el rifle al hombro. Miro por la ventana y sospecho de una sombra, de alguna silueta y hasta del silencio mismo. Pienso que tal vez no sea tarde para escapar por mar. Si dejara a la familia sola ya nadie podría decirme nada porque entonces ya estarían todos asesinados, o fusilados o aplastados entre los escombros. Pero soy un soldado con corazón que no puede olvidar un rostro.
Imagino estas paredes sin guerra: cuadros de artistas extranjeros, fotos de las últimas vacaciones en la montaña, diplomas enmarcados del bachillerato de las niñas. La costumbre es peor que el campo de batalla. Se han acostumbrado a oír disparos, el sobrevuelo ensordecedor de los bombarderos, la ausencia de algún vecino les ha resultado sólo como un gesto de abandono. Mi presencia ha pasado a ser decorativa, como si no supiesen mi función, mi misión en la residencia.
Ya casi no duermo, apenas como un pedazo de pan. Siento que las balas vibran dentro del arma, que no alcanzarán el día en que estemos rodeados y que la última entrará directamente por mi boca.


_ Otra vez se quedó dormidito con los pantalones camuflados, ni para bañarlo se los puedo sacar. ¿A vos te parece? Anda a saber qué se le pasa por la cabeza.

¿Con que esto es fútbol?


El día de primavera la familia se acerca al potrero por vez primera para presenciar la final entre los Municipales y el Sindicato de los Tractoristas Jubilados. Llevaron en una canasta sanguches de paleta y mortadela, vino al cartón y a un tío ciego y solterón.
A los pocos minutos, entre la polvareda se oía como un eco: “hay que poner más huevos”.
Y como en un espectáculo griego distintas voces eufóricas gritaban: “jugala por atrás”, o bien “mete la cabeza”, “tocala rápido”, “pegale fuerte”, “metela, sacala, metela” o sino “dale duro”.
Pero como si no fuera suficiente, la hinchada concluyó: “soltala un poco, comilón”. Y el tío comprendió por qué los hombres se apasionan tanto por el balón pie.

Pero la verdad es ésta


La niña abrocha el botoncito final de su vestido de una sola pieza, recibe un beso cálido y maternal junto a las últimas instrucciones y un cesto, y con el poco coraje que le queda sale de las únicas paredes que realmente parecen abrazarla. Las pocas casas conocidas, con sus portales y tejados tipo inglés, sus perros gritones y sucios, los tarros vacíos que olvidó el lechero y algún que otro saludo amargo de un campesino que no se le cansan los ojos, van quedando al borde ya lejano y polvoriento del camino, que levanta tierra aunque sus pasos sean pequeños.
Los rumiantes parecen asecharla detrás de los alambrados. Aunque ella no lo sepa, un cuervo sobrevuela en lo alto y espera. La huella parece perderse entre un cúmulo de eucaliptos que dan la sensación de multiplicarse como las mariposas en cierta etapa del año. Y avanza entre las frondas, embarra sus tobillos y desparrama a los sapos saltarines que quieren en vano buscar nuevos escondites.
Vaya sólo a saber un niño lo que se siente al ver al sol filtrarse entre las copas mientras una realidad oscura se derrumba alrededor. Y avanzando, una construcción se mantiene de pie como esos hormigueros abandonados y resquebrajados. Poco se parece a la casita de ese cuento de hadas donde dos hermanos comían de sus columnas de caramelo y cerraduras de chocolate: sino unas cuantas chapas acumuladas, sino humedad, sino escondite.
Entonces, la invitan a pasar. Se sorprende por las grandes manos que la agarran y que sin duda son del tamaño que la agarra mejor. Nunca vio un espécimen tan peludo, cuyos vellos parecen entretejerse en la espalda, y le contestan que es para abrigarla del frío. Casi pregunta por los dientes enormes hasta que le muerde la oreja mientras le lame el cuello y desabotona primero el botón que ella abrochó último.

La ciudad descalza


En el horario en que algunas personas se dedican con cierto fervor a dormir la siesta en musculosa y calzoncillos, otras juegan a la escoba de quince con algún gerente de la casa, otras miran la novela centroamericana de amor cortés y atemporal, y las brasas dejan ya el recuerdo del asado que está en las panzas o en las tuberías, y las canchas locales se llenan de gargantas apasionadas y vinos al cartón besados con amor.
Las calles parecen olvidadas, al menos por algunas horas de la tarde en que el sol choca contra el asfalto como penetrándolo y los perros del centro olvidan los viejos rencores y se apilonan a la sombra. No hay soderos, ni evangelistas, ni vendedores de flores. Como si la soledad se expandiera por fuera de las casas, cual film apocalíptico, y se acumulara en los recodos de los umbrales y en las baldosas mal puestas.
Momentos en los que nada puede ser peor que el aburrimiento, y el niño no tiene a quién patearle la pelota, ni bicicleta para montar, ni chicle al que inflar. En la planta de los pies se le pega la tierra de la esquina y siente en su remera deshilachada un fuerte olor a uso. En vano son las piruetas y malabares que lo vuelven casi un experimentado actor de circo, si en la avenida no circula ni la mismísima muerte. Ni siquiera unos cuantos montoncitos de monedas sirven como la gente dice que sirven: no hay almacenes abiertos ni algodoneros de azúcar silbándole a las madres. Los gorriones intentan acaparar en vano los lugares que pertenecen casi por ley a las palomas, que miran desde los cables que atraviesan las calles cómo la ciudad ya les pertenece los días despoblados. Y entre lo distante de dos postes bien encajados en la vereda, atadas por el mismo hilo cuelgan a la vista de todos unas zapatillas.
Las usan los jóvenes del momento en las gigantografías que cuelgan los teatros, y parecen adornarle esas sonrisas blancas y perfectas, los flequillos al costado, los ojos occidentalmente bien parecidos y la sensación de poder vivir la vida exactamente deseada. Entonces, se sube los pantalones hasta la cadera y comienza a revisar la base del palo como lo haría un empleado del servicio, y con mucha resistencia abdominal y algo de coraje comienza a abrazarse a la gruesa madera con el suficiente empeño le gustaría que también lo abrazaran. Sólo en algunas selvas un mamífero se deja ver a plena luz del día trepando con sus máximas habilidades naturales.
El cable comienza a tensionarse hacia sus manitos, que tironean y zamarrean transpirando a medida que la goma envolvente muestra cómo el paso del tiempo y las lluvias húmedas de la ciudad han afectado el sistema de cableado de la ciudad.
Sólo le falta el grito de Tarzán. Cae del poste sujetado por alguna fuerza sobrenatural y el cable ya convertido en liana lo arroja hasta las proximidades del otro poste, desde donde las palomas y demás aves ven dos ojos bien abiertos y unos labios secos. El pavimento le ha raspado el rostro, la caída le ha quebrado un hueso del tobillo y la electricidad ha hecho el resto.

Tercero B


Las veces que como dos enamorados entrábamos a la ducha felices, plenos, vigorosos. Y la tarde nos encontraba aún mojados, reventando el calefón, tiritando con una sonrisa. Después destruíamos la sala a patadas y manotazos, de haber tenido un televisor o una tostadora los habríamos partido como dos karatecas en celo. Porque nos viste haciendo hijos sobre la mesada, en los sillones, en la mesa y en la alfombra, y en la cama dormíamos agitándonos como dos serpientes que se persiguen y pronto se morderán la cola. Incluso aceptaste en el balcón un labrador cachorro que no hacía más que comer y cagar como si en los restos se hubieran escapado varias tripas. Pero no te importaba. Oías los gritos de un recién nacido y ya sabías, intuías detrás de las puertas como esas vecinas ya señoras que el final se acercaba, y permaneciste extrañamente callada. El día de la mudanza, una brisa ágil cerró una ventana con violencia y te miré llena de vacío y soledad y tampoco dije nada, ni una mueca te regalé, y solté un libro de Benedetti que rebotó en la losa como un ladrillo. Quién estará ahora, qué colores te llenan, qué olores y sonidos te repletan. Porque los hijos crecen, los matrimonios o bien cumplen su promesa hasta la muerte o bien se pudren, y surge aletargadamente el deseo de volver a la partida, de cumplir los deseos de soltero que en verdad nunca ocurrieron aunque se viva prisionero de creerse la mentira.

Ahorcado


El abecedario se esconde en nuestro interior, reposa en nuestra lengua y retumba en las ondas del sonido. No existe significado que escape a la fonología, me animaría a decir que todo lo que existe suena, e incluso lo inexistente y lo exagerado tiene alguna manera de nombrarse: de existir en el mundo.
Las palabras se repiten con variables que las entienden únicas. Cada unión, cada coito entre vocales y consonantes desemboca en el más fino ejemplar de un idioma lleno de historia e invasiones geográficas y culturales. He visto a una pareja de mudos entender al mundo mucho mejor que universitarios y doctores en el tema. Los niños y los poetas llevan al extremo el lenguaje, inventan, varían y desechan lo que algunos eruditos condenaron o ponderaron: todos saben que no existe un diccionario finito, todos saben que no existe lo que no se puede nombrar.

Una cuerda bien amarrada a un pilar de madera sobre una base rectangular. La máquina espera en el centro de una plaza, la ejecución es popular en estos días.
Quien debe salvarlo piensa, revisa las palabras que hay en su cabeza con las que ya ha salvado a otros condenados. Se arriesga con una vocal, siempre femenina. Falla. Una cabeza se ubica encima de la rienda y el cuello comienza a asfixiarse.
Piensa en las demás vocales, sólo dos rellenan los renglones. Piensa que puede ser plural y se equivoca, entonces, un torso se conecta a la cabeza colgada: la agonía se va completando hacia el desenlace del juego.
Atina y desatina, sabe que una vida depende de su léxico. Primero uno y luego dos brazos cuelgan inertes del cuerpo. Igualmente se incorporan dos largas piernas que llegan de la cadera a las uñas de los pies.
Sólo con la muerte le es revelada la solución: desconocía por completo la palabra a formar. Ha perdido el juego, quién pensaría que el vocabulario puede salvar vidas, tal vez todos los hablantes hemos salvado y condenado a muchos, tal vez estas líneas han dejado algunos muertos.