Un niño que mira el reloj sin saber la
hora, un niño que deja sus soldaditos alineados sobre el piso, preparados para
una batalla que apenas recordarán los historiadores.
Una casa que hace sombra, esa sombra espesa
de tarde, el sol desaparece inalcanzablemente. Una casa en silencio, el
televisor en pausa y el niño sobre la ventana.
Ya se ha quitado el pintorcito manchado de
tempera y plastilina, tan pequeño y ya tiene uniforme, tan pequeño y ya sabe
esperar.
Del otro lado de la ventana hay una vereda
mitad empedrada, mitad parqueada. Sobre el parque hay un arbusto podado, detrás
una calle de barrio. Un niño que se reclina sobre la ventana y pasa la lengua
por las suaves comisuras de sus labios y encuentra restos de leche chocolatada.
Un niño que vuelve a mirar el reloj y sigue
sin ver al tiempo. Una noche que tiene vergüenza de caer se acerca a paso de
hormiga. Un padre que ya debe estar por llegar, estacionará el auto pegado al
cordón, atravesará el parque, el empedrado, buscará en su llavero la pieza
indicada, abrirá la puerta.
Una puerta cerrada (lo ha comprobado). Un
niño que abandona la ventana y empieza a caminar como un impaciente que siente
que ya falta poco.
Un padre que llega, que estaciona, que
atraviesa el parque, el empedrado, que busca una llave, que abre la puerta. Un
niño que aparece sonriendo ante su padre, que extiende sus bracitos con fuerza
para poderle tocar la cara, que cierra los ojos para que lo alcen. Un padre
agotado que ve a su pequeño hijo, que saca del saco un extraterrestre verde
hecho en China y lo deposita en sus manitos.
Un nene con un juguete nuevo, un padre que
sube el volumen del televisor. Un extraterrestre se alineará en las fuerzas de
los soldaditos y pronto será uno más de ellos, un abrazo se ha perdido en la
más importante de las batallas.
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