Podría seguir leyendo este manual de Gramática del Español y
seguir subrayando aficionadamente las líneas sobre el Presente: desechar en mis
cuentitos ese pasado que usan los escritores para narrar y narrar en el olvido,
en aquellas cosas ya interiorizadas y perdidas. Podría extraer la frase que
destaca que en el indicativo su uso deíctico señala la aproximación entre el
momento del evento y el momento de la enunciación, y que neutraliza así las
relaciones de anterioridad y posterioridad.
Podría imitar una novela de Aira (si me diera el cuero) y
escribir de un tirón como muchos adolescentes, podría escribir directamente en
la computadora y ahorrarme el tiempo de pasar y contemplar borradores. Podría
buscar otras rimas chillonas de las que me enorgullecía de chico: instante,
amante, vacante, etc.; escribiría “en el instante en que un amante se sabe
vacante…”
Podría hacer un cadáver exquisito de todas las poesías que
nunca pude terminar. Podría pensar en la chica que vi el fin de semana y
hacerle un retrato por escrito pero nunca, jamás, se lo regalaría.
Podría esforzarme en simpatizar al jurado novelístico o
cuentista de Primavera y escribir como escriben los que salen premiados en el
diario. Podría salir a tomar unas cervezas al centro y volver con algunas
anécdotas para contar. Podría poner el canal de aire público y mirar la
original de Crimen y Castigo en blanco y negro y sin comerciales.
Podría comenzar a escribir un best-seller, hacerme el
místico con un libro sobre el objetivo de la vida. Podría pensar en criticar a
los poetas nuevos que ya me pasan el trapo y que todavía desconozco. Podría
pasarme la noche entera enterrando la nariz en mi biblioteca. Pero hace frío y
me duele la cabeza entre las cejas, la televisión ya tiene el timer encendido y
cuando menos lo haya notado ya me habré dormido.
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