El abecedario se esconde en nuestro interior, reposa en
nuestra lengua y retumba en las ondas del sonido. No existe significado que
escape a la fonología, me animaría a decir que todo lo que existe suena, e
incluso lo inexistente y lo exagerado tiene alguna manera de nombrarse: de
existir en el mundo.
Las palabras se repiten con variables que las entienden
únicas. Cada unión, cada coito entre vocales y consonantes desemboca en el más
fino ejemplar de un idioma lleno de historia e invasiones geográficas y
culturales. He visto a una pareja de mudos entender al mundo mucho mejor que
universitarios y doctores en el tema. Los niños y los poetas llevan al extremo
el lenguaje, inventan, varían y desechan lo que algunos eruditos condenaron o
ponderaron: todos saben que no existe un diccionario finito, todos saben que no
existe lo que no se puede nombrar.
Una cuerda bien amarrada a un pilar de madera sobre una base
rectangular. La máquina espera en el centro de una plaza, la ejecución es
popular en estos días.
Quien debe salvarlo piensa, revisa las palabras que hay en
su cabeza con las que ya ha salvado a otros condenados. Se arriesga con una
vocal, siempre femenina. Falla. Una cabeza se ubica encima de la rienda y el
cuello comienza a asfixiarse.
Piensa en las demás vocales, sólo dos rellenan los
renglones. Piensa que puede ser plural y se equivoca, entonces, un torso se
conecta a la cabeza colgada: la agonía se va completando hacia el desenlace del
juego.
Atina y desatina, sabe que una vida depende de su léxico.
Primero uno y luego dos brazos cuelgan inertes del cuerpo. Igualmente se
incorporan dos largas piernas que llegan de la cadera a las uñas de los pies.
Sólo con la muerte le es revelada la solución: desconocía
por completo la palabra a formar. Ha perdido el juego, quién pensaría que el
vocabulario puede salvar vidas, tal vez todos los hablantes hemos salvado y
condenado a muchos, tal vez estas líneas han dejado algunos muertos.
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