domingo, 6 de enero de 2013

Ahorcado


El abecedario se esconde en nuestro interior, reposa en nuestra lengua y retumba en las ondas del sonido. No existe significado que escape a la fonología, me animaría a decir que todo lo que existe suena, e incluso lo inexistente y lo exagerado tiene alguna manera de nombrarse: de existir en el mundo.
Las palabras se repiten con variables que las entienden únicas. Cada unión, cada coito entre vocales y consonantes desemboca en el más fino ejemplar de un idioma lleno de historia e invasiones geográficas y culturales. He visto a una pareja de mudos entender al mundo mucho mejor que universitarios y doctores en el tema. Los niños y los poetas llevan al extremo el lenguaje, inventan, varían y desechan lo que algunos eruditos condenaron o ponderaron: todos saben que no existe un diccionario finito, todos saben que no existe lo que no se puede nombrar.

Una cuerda bien amarrada a un pilar de madera sobre una base rectangular. La máquina espera en el centro de una plaza, la ejecución es popular en estos días.
Quien debe salvarlo piensa, revisa las palabras que hay en su cabeza con las que ya ha salvado a otros condenados. Se arriesga con una vocal, siempre femenina. Falla. Una cabeza se ubica encima de la rienda y el cuello comienza a asfixiarse.
Piensa en las demás vocales, sólo dos rellenan los renglones. Piensa que puede ser plural y se equivoca, entonces, un torso se conecta a la cabeza colgada: la agonía se va completando hacia el desenlace del juego.
Atina y desatina, sabe que una vida depende de su léxico. Primero uno y luego dos brazos cuelgan inertes del cuerpo. Igualmente se incorporan dos largas piernas que llegan de la cadera a las uñas de los pies.
Sólo con la muerte le es revelada la solución: desconocía por completo la palabra a formar. Ha perdido el juego, quién pensaría que el vocabulario puede salvar vidas, tal vez todos los hablantes hemos salvado y condenado a muchos, tal vez estas líneas han dejado algunos muertos.

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