domingo, 6 de enero de 2013

Tercero B


Las veces que como dos enamorados entrábamos a la ducha felices, plenos, vigorosos. Y la tarde nos encontraba aún mojados, reventando el calefón, tiritando con una sonrisa. Después destruíamos la sala a patadas y manotazos, de haber tenido un televisor o una tostadora los habríamos partido como dos karatecas en celo. Porque nos viste haciendo hijos sobre la mesada, en los sillones, en la mesa y en la alfombra, y en la cama dormíamos agitándonos como dos serpientes que se persiguen y pronto se morderán la cola. Incluso aceptaste en el balcón un labrador cachorro que no hacía más que comer y cagar como si en los restos se hubieran escapado varias tripas. Pero no te importaba. Oías los gritos de un recién nacido y ya sabías, intuías detrás de las puertas como esas vecinas ya señoras que el final se acercaba, y permaneciste extrañamente callada. El día de la mudanza, una brisa ágil cerró una ventana con violencia y te miré llena de vacío y soledad y tampoco dije nada, ni una mueca te regalé, y solté un libro de Benedetti que rebotó en la losa como un ladrillo. Quién estará ahora, qué colores te llenan, qué olores y sonidos te repletan. Porque los hijos crecen, los matrimonios o bien cumplen su promesa hasta la muerte o bien se pudren, y surge aletargadamente el deseo de volver a la partida, de cumplir los deseos de soltero que en verdad nunca ocurrieron aunque se viva prisionero de creerse la mentira.

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