Las veces que como dos enamorados entrábamos a la ducha
felices, plenos, vigorosos. Y la tarde nos encontraba aún mojados, reventando
el calefón, tiritando con una sonrisa. Después destruíamos la sala a patadas y
manotazos, de haber tenido un televisor o una tostadora los habríamos partido
como dos karatecas en celo. Porque nos viste haciendo hijos sobre la mesada, en
los sillones, en la mesa y en la alfombra, y en la cama dormíamos agitándonos
como dos serpientes que se persiguen y pronto se morderán la cola. Incluso
aceptaste en el balcón un labrador cachorro que no hacía más que comer y cagar
como si en los restos se hubieran escapado varias tripas. Pero no te importaba.
Oías los gritos de un recién nacido y ya sabías, intuías detrás de las puertas
como esas vecinas ya señoras que el final se acercaba, y permaneciste
extrañamente callada. El día de la mudanza, una brisa ágil cerró una ventana
con violencia y te miré llena de vacío y soledad y tampoco dije nada, ni una
mueca te regalé, y solté un libro de Benedetti que rebotó en la losa como un
ladrillo. Quién estará ahora, qué colores te llenan, qué olores y sonidos te
repletan. Porque los hijos crecen, los matrimonios o bien cumplen su promesa
hasta la muerte o bien se pudren, y surge aletargadamente el deseo de volver a
la partida, de cumplir los deseos de soltero que en verdad nunca ocurrieron
aunque se viva prisionero de creerse la mentira.
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