La niña abrocha el botoncito final de su vestido de una sola
pieza, recibe un beso cálido y maternal junto a las últimas instrucciones y un
cesto, y con el poco coraje que le queda sale de las únicas paredes que
realmente parecen abrazarla. Las pocas casas conocidas, con sus portales y
tejados tipo inglés, sus perros gritones y sucios, los tarros vacíos que olvidó
el lechero y algún que otro saludo amargo de un campesino que no se le cansan
los ojos, van quedando al borde ya lejano y polvoriento del camino, que levanta
tierra aunque sus pasos sean pequeños.
Los rumiantes parecen asecharla detrás de los alambrados.
Aunque ella no lo sepa, un cuervo sobrevuela en lo alto y espera. La huella
parece perderse entre un cúmulo de eucaliptos que dan la sensación de
multiplicarse como las mariposas en cierta etapa del año. Y avanza entre las
frondas, embarra sus tobillos y desparrama a los sapos saltarines que quieren
en vano buscar nuevos escondites.
Vaya sólo a saber un niño lo que se siente al ver al sol
filtrarse entre las copas mientras una realidad oscura se derrumba alrededor. Y
avanzando, una construcción se mantiene de pie como esos hormigueros
abandonados y resquebrajados. Poco se parece a la casita de ese cuento de hadas
donde dos hermanos comían de sus columnas de caramelo y cerraduras de
chocolate: sino unas cuantas chapas acumuladas, sino humedad, sino escondite.
Entonces, la invitan a pasar. Se sorprende por las grandes
manos que la agarran y que sin duda son del tamaño que la agarra mejor. Nunca
vio un espécimen tan peludo, cuyos vellos parecen entretejerse en la espalda, y
le contestan que es para abrigarla del frío. Casi pregunta por los dientes
enormes hasta que le muerde la oreja mientras le lame el cuello y desabotona
primero el botón que ella abrochó último.
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