En el horario en que algunas personas se dedican con cierto
fervor a dormir la siesta en musculosa y calzoncillos, otras juegan a la escoba
de quince con algún gerente de la casa, otras miran la novela centroamericana
de amor cortés y atemporal, y las brasas dejan ya el recuerdo del asado que
está en las panzas o en las tuberías, y las canchas locales se llenan de
gargantas apasionadas y vinos al cartón besados con amor.
Las calles parecen olvidadas, al menos por algunas horas de
la tarde en que el sol choca contra el asfalto como penetrándolo y los perros
del centro olvidan los viejos rencores y se apilonan a la sombra. No hay
soderos, ni evangelistas, ni vendedores de flores. Como si la soledad se
expandiera por fuera de las casas, cual film apocalíptico, y se acumulara en
los recodos de los umbrales y en las baldosas mal puestas.
Momentos en los que nada puede ser peor que el aburrimiento,
y el niño no tiene a quién patearle la pelota, ni bicicleta para montar, ni
chicle al que inflar. En la planta de los pies se le pega la tierra de la
esquina y siente en su remera deshilachada un fuerte olor a uso. En vano son
las piruetas y malabares que lo vuelven casi un experimentado actor de circo,
si en la avenida no circula ni la mismísima muerte. Ni siquiera unos cuantos
montoncitos de monedas sirven como la gente dice que sirven: no hay almacenes
abiertos ni algodoneros de azúcar silbándole a las madres. Los gorriones
intentan acaparar en vano los lugares que pertenecen casi por ley a las palomas,
que miran desde los cables que atraviesan las calles cómo la ciudad ya les
pertenece los días despoblados. Y entre lo distante de dos postes bien
encajados en la vereda, atadas por el mismo hilo cuelgan a la vista de todos
unas zapatillas.
Las usan los jóvenes del momento en las gigantografías que
cuelgan los teatros, y parecen adornarle esas sonrisas blancas y perfectas, los
flequillos al costado, los ojos occidentalmente bien parecidos y la sensación
de poder vivir la vida exactamente deseada. Entonces, se sube los pantalones
hasta la cadera y comienza a revisar la base del palo como lo haría un empleado
del servicio, y con mucha resistencia abdominal y algo de coraje comienza a
abrazarse a la gruesa madera con el suficiente empeño le gustaría que también
lo abrazaran. Sólo en algunas selvas un mamífero se deja ver a plena luz del
día trepando con sus máximas habilidades naturales.
El cable comienza a tensionarse hacia sus manitos, que
tironean y zamarrean transpirando a medida que la goma envolvente muestra cómo
el paso del tiempo y las lluvias húmedas de la ciudad han afectado el sistema
de cableado de la ciudad.
Sólo le falta el grito de Tarzán. Cae del poste sujetado por
alguna fuerza sobrenatural y el cable ya convertido en liana lo arroja hasta las
proximidades del otro poste, desde donde las palomas y demás aves ven dos ojos
bien abiertos y unos labios secos. El pavimento le ha raspado el rostro, la
caída le ha quebrado un hueso del tobillo y la electricidad ha hecho el resto.
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