domingo, 6 de enero de 2013

Flojo ojo rojo

Cuando me levanto me refriego bien fuerte los ojos con los dedos porque siento unas piedritas que se me juntan en un costado a lo largo de la noche. Me peino las pestañas con agua porque son muy largas y duras y si no las peino se meten y después se me irritan y lloro como cuando me pegan y las lágrimas son peores que las de la penitencia. Los domingos a la mañana me despierto y están todos durmiendo, el único que está paradito en un costado es el Boby que la verdad no sé bien si este animal duerme realmente. Yo le miro los ojitos y siento que tiene hambre, pero cuando le lleno el plato de bolitas apenas las come y me vuelve a mirar como diciéndome que sigue con hambre pero que ya no quiere comer. Me quedo ordenando en filas mis soldaditos y separo los yankies de los nazis para asegurarme de que no me falte ninguno. Los hago matarse a mi antojo y siempre pierden los alemanes. A veces el Bobe se queda mirando las batallas y aplaude cada vez que explota una bomba en una trinchera y me pide que no tome rehenes porque los alemanes se encargaron de matar a todos y no perdonaron a ninguno, y a veces me cuenta la misma historia donde un doctor les arrancaba los ojos a los prisioneros y los hacía trabajar en el campo a ciegas. No sé si creerle pero me gusta que juegue conmigo, a él tampoco lo miran y yo sé que en las noches llora porque lo espié por el cerrojo y llora, y lo peor es que todos dicen que ni él sabe por qué llora pero si lo hace es porque está triste, porque nadie llora por otra cosa salvo que tenga lagañas en los ojos cuando despierta. Beba se despierta tarde cuando es domingo y no le gusta que le hablen hasta el almuerzo. Por eso me quedo sentado en la mesada mirando cómo cocina los sorrentinos con salsa roja que venden acá a la vuelta. Espero a que se distraiga y me pongo a mirar la olla donde mezcla las pastas con la salsa y la cebolla y sólo puedo ver un montón de bolitas como las del Boby flotando y hundiéndose, mientras todo va hirviendo como en un volcán. Toco despacio con el dedo para no quemarme y siempre aparece Beba y me da un chirlo y me dice que ya estoy grande, que tengo las uñas sucias y largas, que ya está cansada de que no haga caso y que si hubiera querido un hijo maleducado lo hubiese encontrado en cualquier otro lugar. Entonces me pide que le de agua al Boby y otra vez le pasa lo mismo que con la comida y ya empiezo a preocuparme. Vi fotos en las que tiene el pelo renegrido, los colmillos punzantes y los ojos grandes y firmes: pareciera como si de repente fuese otra mascota la que tenemos ahora. El Bobe me dice que así es la vida, que alguna vez él fue un rubio estudiante de la universidad de algún lugar que no sé bien cómo se pronuncia pero que no pudo evitar convertirse en un investigador secreto que trabaja sobre los federales que conspiraron contra el última gran presidente; y otra vez agito mi cabeza como jugando con él pero ya no le creo nada. Beba limpia los platos y yo se los seco, es entonces cuando me mira como queriéndome y veo mis pupilas negras brillando en las suyas verdes, y los ojos se le cristalizan y sin decirme una palabra me hace saber que me quiere, y luego me grita para que vaya a comprar cigarrillos y se queda llorando pero no le gusta que la vea llorar. A la tarde todos duermen la siesta menos yo. Por eso lo agarro al Boby y lo saco al patio para que respire algo de aire de afuera. Trato de que coma los sorrentinos que le guardé pero los vomita y cuando hace fuerza para expulsar todo con arcadas, un ojito se le hincha y después se le sale, le queda colgando y parece que no le importase o no lo supiera. Le queda un hueco por el que se puede verle todo el interior del cráneo. Voy a buscar a Beba a la habitación y le toco el hombro para que abra los párpados y la despierto para contarle. Tiene la cara de cansada como cuando trabaja horas extra. Lo mira al Boby y frunce la nariz. Entonces me zamarrea del brazo y me saca de la pieza, y me empieza a pegar en la cola y en la cabeza y la miro porque no sé si está enojada por el ojito o por la siesta, y me dice que no podré cenar, que no tendré la remera de Boca que quería y que no me va a hablar más. Después va a mi cuarto, me abre los cajones y encuentra los soldaditos, los tira al piso y los aplasta con fuerza, y miro cómo van muriendo alemanes y yankies juntos bajo el pie del mismo gigante aunque en la guerra no había gigantes. Me dice que a ella le duele más que a mí lo que pasó, y la miro con rabia a los ojos verdes y los dos lloramos. En la otra habitación el Bobe también llora y tampoco sabe por qué.

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