El joven príncipe reza arrodillado bajo la espesa sombra de
los cedros que lo rodean con sus raíces y hojas muertas. Tiene los ojos bien
cerrados, aprieta los párpados contra sus mejillas para que no ingrese ni la
más fina línea de colores del bosque sagrado.
Pide a su dios que lo ayude a evitar el miedo, no quiere
derramar lágrimas por sus amigos asesinados o muertos. Las mujeres violadas
lloran a sus esposos guerreros: algún día sus hijos utilizarán la misma
armadura, la misma máscara y espada que sus padres. Piensa en su padre, en el
poema que no llegará a completar nunca.
El Emperador se había arrodillado, cercado por sus enemigos
y sus principios decidió quitarse el último aliento con gloria (los reyes son
instruidos a apreciar la gloria desde el nacimiento). Tomó el Tanto y abrió su
estómago verticalmente de un solo esfuerzo, sus entrañas cayeron al suelo
desordenadas: su espíritu se desvaneció como por arte de magia.
El joven reza y tirita en la oscuridad, los últimos rayos
solares también lo han abandonado. Sin querer llora y abre un ojo, se sabe solo
sobre las frondas del bosque. Sabe lo que le espera, sabe lo que debe hacer,
sabe cómo debe morir. Sus manos tiemblan enfermas, el filo punzante del arma
desgarra la fina tela real, le roza la piel blanda y un hilo de sangre roja
comienza a picarle en el vientre. Finalmente, exclama un grito de guerra que no
escucharía nadie. El sable cae, las rodillas se levantan y el joven se aleja
del bosque con desesperación.
Siente que lo persiguen, oye el trueno de su dios, las voces
degolladas de sus ancestros, la última mirada de su padre llena de paz. Ya no
es hijo, ni suplicante, ni guerrero. Algunas muertes importan más que algunas
vidas. Él se sabe muerto y llora.
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