martes, 2 de octubre de 2012

Niños y soldados


Un niño que mira el reloj sin saber la hora, un niño que deja sus soldaditos alineados sobre el piso, preparados para una batalla que apenas recordarán los historiadores.
Una casa que hace sombra, esa sombra espesa de tarde, el sol desaparece inalcanzablemente. Una casa en silencio, el televisor en pausa y el niño sobre la ventana.
Ya se ha quitado el pintorcito manchado de tempera y plastilina, tan pequeño y ya tiene uniforme, tan pequeño y ya sabe esperar.
Del otro lado de la ventana hay una vereda mitad empedrada, mitad parqueada. Sobre el parque hay un arbusto podado, detrás una calle de barrio. Un niño que se reclina sobre la ventana y pasa la lengua por las suaves comisuras de sus labios y encuentra restos de leche chocolatada.
Un niño que vuelve a mirar el reloj y sigue sin ver al tiempo. Una noche que tiene vergüenza de caer se acerca a paso de hormiga. Un padre que ya debe estar por llegar, estacionará el auto pegado al cordón, atravesará el parque, el empedrado, buscará en su llavero la pieza indicada, abrirá la puerta.
Una puerta cerrada (lo ha comprobado). Un niño que abandona la ventana y empieza a caminar como un impaciente que siente que ya falta poco.
Un padre que llega, que estaciona, que atraviesa el parque, el empedrado, que busca una llave, que abre la puerta. Un niño que aparece sonriendo ante su padre, que extiende sus bracitos con fuerza para poderle tocar la cara, que cierra los ojos para que lo alcen. Un padre agotado que ve a su pequeño hijo, que saca del saco un extraterrestre verde hecho en China y lo deposita en sus manitos.
Un nene con un juguete nuevo, un padre que sube el volumen del televisor. Un extraterrestre se alineará en las fuerzas de los soldaditos y pronto será uno más de ellos, un abrazo se ha perdido en la más importante de las batallas.

Las princesas feas mueren solas


“Hay que saber cuándo besar al sapo…”

 A menudo en la llanura el mediodía es mucho más que caluroso: húmedo, hediondo, pegajoso. La gente va despertando de la siesta inevitable y retoma la rutina de pueblo. Las puertas del boliche abiertas hasta el extremo, las ventanas apiladas a las cortinas cuadrillé y los pisos con dibujos ya resquebrajados. En el fondo, un hombre sentado.
Se nota que acaba de afeitarse hasta quedar como un púber. Se ha puesto su mejor pantalón, los zapatos para bailar de peña en peña que fueron alguna vez de su padre, la camisa tiene una mancha en la manga que disimula el arremangado. Pero los ojos siguen siendo los mismos como si una parte del tiempo se detuviera en el centro de la retina y nos paralizara en los años de mayor felicidad. Él no lo sabe, pero la camisa adentro y apretada por el cinto santafesino le resalta el vientre que ha dejado crecer a fuerza de asados, pan y vinos; él no lo sabe aún pero ya en el barrio le han dicho pelado.
En la misma mesa donde le habló por primera vez, recuerda lo que es la espera: el exceso de puntualidad suele desesperar a las personas. Comienza a silbar la canción más recordada, “¿te acuerdas chinita del puente Pexoa?”, canta para adentro. Se da cuenta que en el pueblo no hay puente alguno, como si nunca hubiera sido necesario uno sobre el río, como si ningún habitante hubiera necesitado alguna vez unir dos caminos, animarse a cruzar al otro lado y quizás no volver.
Piensa que ya es muy tarde para no volver: detrás de la polvareda de la calle un camión parte cargado de ganado. Las caras de los animales que pronto morirán tienen cierta expresión de inocencia y también de resignación, como si supieran desde el principio de sus vidas que se la pasarían dando vueltas en el campo, comiendo del campo, amándose y odiándose en la espesura del pasto para, finalmente, partir para no volver.
Piensa que ya es tarde para querer ser médico o abogado y ve en las caras del ganado a algunas de las personas que alguna vez lo acompañaron y busca una con sus ojos negros pero no la encuentra. También ve a una de las vacas con las ubres hinchadas y no puede evitar imaginarse a una mujer con cuatro tetas y largar una risa minúscula.
Toma un pañuelo a lunares para secar una gota sudorosa que baja por la frente, y entre parpadeo y parpadeo ve a través de la ventana a una mujer fondona rodeando a paso pesado y tembloroso la esquina del local. Lleva puesto un vestido amplio repleto de girasoles, tiene el pelo recién crecido pegado a su nuca como una figurita. Ha caminado más de cinco cuadras bajo el sol de verano.
Boquiabierto, deja caer de sus manos el pañuelo mojado. Algo lo extrañó en los ojos cansados de esa mujer andante: como si lo lejano del verde de la pupila recordara a una lejana amante, joven muchacha de finas caderas, de manos delgadas y tobillos decorados, de labios gruesos. El olor que ella dejaba en su almohada poco se parece al hervor de la tierra caliente.
De repente, sin siquiera pensarlo, salta como un potrillo a través de la ventana y, rengueando, se pierde en polvareda. La mujer entra al local en el preciso momento en que el mozo exagera unos ademanes al caballero que acaba de partir. En el piso queda transpirado un pañuelo a lunares.

La fiebre y el oro


Se alejan tres entrerrianos de la orilla húmeda y barrosa del estero. Avanzan en fila, algo cansados, cargando en sus manos montones de Dorados pescados con cierta artesanía heredada. Quien marcha primero tiene la barba pinchuda y moteada de gris, el segundo tiene dos muchachitas de oro colgando del cuello y el tercero ha pescado poco.
Faltando tres horas para el atardecer anaranjado, y unos muchos kilómetros para el pueblo, la huella del sendero se pierde y entran entre unos enmarañados pastizales. El más viejo barre a machete con la diestra la espesura más débil y con la siniestra alza la mercancía muerta para que no tome sabor a pasto. El segundo pisa firme el camino que se abre, es tanto el pesar del cansancio que su pie alcanza con impulso el extremo más lejano de una yarará mortal. El bicho, fiero y movedizo por naturaleza, eleva su cuerpo horizontal con suma violencia y le clava sus dientes puntiagudos y venenosos allí, por donde terminan las piernas y empieza el torso.
El grito masculino de dolor se pierde como un chiflido agudo en el viento y de un solo movimiento el viejo parte a la yarará en dos. El más joven abre sus ojos repletos de miedo y suelta los Dorados al barro. El atacado queda tumbado y agarra su sexo con ambas manos y putea.
Dónde un médico en el campo, dónde un medicamento instantáneo, dónde una picadura pudorosa. Bien saben que la muerte corre por las venas, se desparrama y hierve en las articulaciones: en pocos minutos, los ojos quedan abiertos pero ya no ven. También saben que un corte amistoso de cuchillo sobre la herida y una succión intermitente podrían quitar el veneno antes de que se adentre en la piel. Pero sólo saben succionar una mordedura en un brazo, saben poner su boca bigotuda en los tobillos de otro hombre, saben chupar la lastimadura de un muslo pero otra cosa no.
El herido pide auxilio, los otros se miran transpirados y le piden perdón, le explican que hay venenos que no se pueden chupar. El más joven pretende largarse para encontrarse con la doña antes que sea de noche y el más viejo agita los pescados que comerá en un rato. El moribundo, ya sudando e iracundo, les pide que no lo dejen solo.
Antes de morir reparte los Dorados en dos mitades y entrega, como un General lo hace con su sable, el cuchillo afilado que ya no usaría jamás. Va cerrando los ojos a medida que se enfría el ardor de la entrepierna y deja de vivir con la diestra en la herida inflamada y la siniestra sujetando las dos muchachitas doradas.

Veranada


Termina el verano y los que fueron ricos y verdes pastos, allá en la montaña, se han transformado en tierra pisoteada y cabras gordas. Vuelve el paisano a caballo al paso del rebaño. Tiene la cara cortada por el viento, unos cuantos pelos crecidos de la oreja al cuello, las manos pegoteadas por la sangre y el barro.
Marchan felizmente los animales engordados, descienden la pendiente entre las piedras con saltos y gritos. Piensa el hombre solitario en las bestias de la noche: los pumas que cruzan la cordillera con sus crías que matan crías, sus ojos brillando en la oscuridad, sus dientes perforando la piel del macho más fuerte, la cola que escapa a los disparos que ensordecen en vano el eco de la altura.
A lo lejos, entre firmes y elevadas araucarias, escapa el humo de la chacra. Reconoce la huerta delimitada entre líneas que parecen haber sido hechas con regla. Han transcurrido meses de la partida: allí, donde hay un hombre solo hay una mujer sola. Cuántas veces acarició su cuerpo tendido en sus fantasías, la tomaba por las caderas y la embestía con furia, que es también amor. Gritaba su nombre al aire y una espina entraba en el pecho y una liebre al pantalón. La soledad presenta castigos, la ausencia desesperación.
Entonces, zarandea las riendas, galopea los últimos metros con sólo un deseo. De un salto cae, el peso de su cuerpo altera el silencio acostumbrado. Se suman al ruido las bisagras oxidadas de la ventana que alguien abrió con violencia. Corre como un caballo, como un puma hambriento, un hombre sin sombrero. Acaricia el rifle, a lo lejos, ve cómo un culo blanco se marcha sin pausa.
Entra embravecido. La paisana está despeinada, temblorosa, sus pechos a la vista, bien vivaces y tibios. Al verlo desabrocharse el cinto, se repliega en la cama y cierra los ojos. Cuando se esperaba el azote, cae a su espalda una lengua, a sus caderas unas manos y a su sexo una embestida.

Otra historia de fantasmas


Una fina tabla barnizada brillando tenuemente bajo las luces bajas, muchachas maquilladas fuman en el salón. Las sillas se van ocupando a medida que desaparece la luna entre las nubes, en el baño vomita solitario un bebedor.
En el bar se juntan los amigos: uno, como siempre, aún no ha llegado. Sentados, esperan. La primera cerveza la paga el abogado. Se hacen bromas: que tu hermana esto, que tu mamá lo otro, ríen como si nunca hubieran escuchado los mismos chistes de las mismas bocas.
La siguiente botella al oficinista le toca, admiran, mordiéndose los labios, el vaivén de las caderas, anchas y rellenas de la servil mesera.
El impuntual saluda al grupo desde afuera, atraviesa haciendo gestos el umbral, tiene los cachetes colorados y fríos, la bufanda al cuello como una culebra del matorral. Es insultado, golpeado en el brazo: todos esperan el momento acostumbrado de la explicación.

<<Estaba esperando al tren en la estación, –dice- alumbraban más los autos de la avenida que los farolitos verdes que puso el municipio. A lo lejos, veo a un tipo de gorra caminando a la par con su bicicleta destartalada. Primero, me asusté un poco: ya saben cómo son las estaciones a esas horas de la noche; además no había un alma. Miraba de reojo y veía la silueta de la bicicleta avanzando, acercándose a donde estaba yo parado. Faltando unos diez metros le grité qué quería, ahí me di cuenta que no era un ladrón, tenía carita de buen tipo, algo pálido, delgado, cincuentón, vestido a la ligera.
Me pidió disculpas por asustarme, pero dijo que también le asustaba la soledad de la estación. Por las dudas, sin que se diera cuenta, metí el celular entre el sweater y el guante: ¡todavía lo estoy pagando, me faltan tres cuotas!
Dijo que se llamaba Carlos y que lo habían dejado plantado. ¿Se imaginan la situación? El tipo me hablaba y hablaba como si nos hubiéramos conocido de antes, admito que algo familiar le notaba en el rostro. Y el tren no llegaba, no llegaba.
En un momento me dice que la persona que lo dejó plantado se había perdido veinte pesos. Yo, inocente, pregunté si tenía que comprar algo a un vendedor o si él era vendedor: en la estación está lleno de esos tipos. Escuchen bien lo que me dijo: que no era vendedor, que él le pagaría ese dinero por chuparle la pija.
No sabía qué decirle, ¡viejo puto!, le tendría que haber gritado. Pero no podía hablar, me dejó helado. Y después me dice que le sobraban veinte pesos, que no sabía qué hacer con la guita y con las ganas de chupar.>>

Las risas salían del vientre, se abrazaban, escupían, blasfemaban frases misóginas y saltaban de sus asientos. “¿Qué hiciste?”, dijo el primero en dejar de reír. “Lo cagué a puteadas y al rato vino el tren, ¡viejo puto, enfermo!”
El grupo lo aplaudió, esa había sido la mejor excusa que recordaran, todos hicieron alarde, todos lo culparon de lo sucedido por llegar siempre tarde.
La mesera regresó al grupo por enésima vez, se llevó el envase vació y trajo otro lleno. El impuntual pagó con dos billetes de diez.