Por la ventana de la residencia brillan a lo lejos los
explosivos. Si la ciudad caerá mañana o la semana que viene, ninguno puede
saberlo. Mientras tanto, la rutina de la familia sigue siendo la misma que hace
unos meses: en sus ojos no se opaca la muerte, ni les brillan lágrimas, ni les
laten las pupilas con taquicardia. La madre peina a las niñas todas las
mañanas, les desenreda el largo pelo crecido y las deja jugar con sus muñecas
de trapo que ella misma hizo. Alguna que otra vez me pregunta si creo que sus
hijas podrán casarse con algún oficial bien parecido como lo era su padre, y
miro un segundo a las niñas, principalmente a la morochita, y le digo que
probablemente con semejante belleza conquisten a varios generales. Pero en
realidad quiero decirle que me deje matarlas antes de lo peor, que me deje
darles un tiro en la nuca y enterrarlas, que no sufrirán, que no sentirán nada.
El simple instante en que las imagino tomadas por el enemigo y violadas hasta
el hartazgo me revuelve las tripas.
Por las noches, espero a que todos duerman, aseguro las
puertas y cargo el rifle al hombro. Miro por la ventana y sospecho de una
sombra, de alguna silueta y hasta del silencio mismo. Pienso que tal vez no sea
tarde para escapar por mar. Si dejara a la familia sola ya nadie podría decirme
nada porque entonces ya estarían todos asesinados, o fusilados o aplastados
entre los escombros. Pero soy un soldado con corazón que no puede olvidar un
rostro.
Imagino estas paredes sin guerra: cuadros de artistas
extranjeros, fotos de las últimas vacaciones en la montaña, diplomas enmarcados
del bachillerato de las niñas. La costumbre es peor que el campo de batalla. Se
han acostumbrado a oír disparos, el sobrevuelo ensordecedor de los bombarderos,
la ausencia de algún vecino les ha resultado sólo como un gesto de abandono. Mi
presencia ha pasado a ser decorativa, como si no supiesen mi función, mi misión
en la residencia.
Ya casi no duermo, apenas como un pedazo de pan. Siento que
las balas vibran dentro del arma, que no alcanzarán el día en que estemos
rodeados y que la última entrará directamente por mi boca.
_ Otra vez se quedó dormidito con los pantalones camuflados,
ni para bañarlo se los puedo sacar. ¿A vos te parece? Anda a saber qué se le
pasa por la cabeza.
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