domingo, 6 de enero de 2013

Affair del día que no vendrá


En el patio del fondo el sol de madrugada comienza a reflejarse en los objetos  dispersos y transparentes: sifones de soda apilonados, latas de arvejas o duraznos en almíbar de vaya a saberse qué navidad, algunas piezas de aluminio y unos cuantos vidrios rotos que nunca se tiraron a la basura.
Desparrama una lona rectangular y comienza a patearla hasta abrirla del todo, quita algunas piedras y bichos bolita y siente que ya está casi todo listo. Observa por unos segundos los dibujos infantiles de la pelopincho desarmada y una mueca se le asoma en la cara y desaparece como sabiendo que no tiene lugar una sensación humorística en momentos como éste.
Sólo entonces arrastra mis patas desde el interior de su casa y un camino manchado de un color casi bordó se traza en el recorrido. Por las dudas apoya un par de sus dedos en mi cuello duro y se me queda mirando. Como si hubiera encontrado algo en mis venas apagadas que no pudo apreciar mientras me ahorcaba, como si hubiera querido, en realidad, besarme el cogote como un amante enceguecido que hace el amor en el patio mientras los vecinos duermen y los gatos se levantan.
Y mi cuerpo, todavía tibio a pesar del viento de madrugada y del rigor, es desnudado con cierta delicadeza como la de una madre que prepara al niño para ir a la escuela. Sin siquiera excitarse pasa uno de los fierros oxidados de la pileta y recorre la ingle como abriéndose espacio. Luego mete la mano y uno de los dedos entra en el ano con alguna que otra dificultad, pero empuja y empuja cada falange con un esfuerzo ya torpe, ya siniestro. Pero mi cuerpo, como desconociendo en su quietud definitiva aquello que le pasa, no reacciona, no responde, no pide más.
Saca el índice descontento, ciertamente defraudado de su acto, y lo acerca a la nariz y lo huele con los párpados caídos. Se le puede ver la uña sucia y la piel apenas manchada, y con la punta de la lengua saborea como un chef la salsa que ha conseguido.
Sólo entonces recoge la lona y arma como un panqueque humano donde yo soy el relleno. Un olor a estación de servicio so sobrepone al olor de la mañana en un patio trasero, y de a poco todo es humo y olor a plástico, olor a combustible, olor a carne.

No hay comentarios:

Publicar un comentario