martes, 2 de octubre de 2012

Veranada


Termina el verano y los que fueron ricos y verdes pastos, allá en la montaña, se han transformado en tierra pisoteada y cabras gordas. Vuelve el paisano a caballo al paso del rebaño. Tiene la cara cortada por el viento, unos cuantos pelos crecidos de la oreja al cuello, las manos pegoteadas por la sangre y el barro.
Marchan felizmente los animales engordados, descienden la pendiente entre las piedras con saltos y gritos. Piensa el hombre solitario en las bestias de la noche: los pumas que cruzan la cordillera con sus crías que matan crías, sus ojos brillando en la oscuridad, sus dientes perforando la piel del macho más fuerte, la cola que escapa a los disparos que ensordecen en vano el eco de la altura.
A lo lejos, entre firmes y elevadas araucarias, escapa el humo de la chacra. Reconoce la huerta delimitada entre líneas que parecen haber sido hechas con regla. Han transcurrido meses de la partida: allí, donde hay un hombre solo hay una mujer sola. Cuántas veces acarició su cuerpo tendido en sus fantasías, la tomaba por las caderas y la embestía con furia, que es también amor. Gritaba su nombre al aire y una espina entraba en el pecho y una liebre al pantalón. La soledad presenta castigos, la ausencia desesperación.
Entonces, zarandea las riendas, galopea los últimos metros con sólo un deseo. De un salto cae, el peso de su cuerpo altera el silencio acostumbrado. Se suman al ruido las bisagras oxidadas de la ventana que alguien abrió con violencia. Corre como un caballo, como un puma hambriento, un hombre sin sombrero. Acaricia el rifle, a lo lejos, ve cómo un culo blanco se marcha sin pausa.
Entra embravecido. La paisana está despeinada, temblorosa, sus pechos a la vista, bien vivaces y tibios. Al verlo desabrocharse el cinto, se repliega en la cama y cierra los ojos. Cuando se esperaba el azote, cae a su espalda una lengua, a sus caderas unas manos y a su sexo una embestida.

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