Termina el verano y los que fueron ricos y
verdes pastos, allá en la montaña, se han transformado en tierra pisoteada y
cabras gordas. Vuelve el paisano a caballo al paso del rebaño. Tiene la cara
cortada por el viento, unos cuantos pelos crecidos de la oreja al cuello, las
manos pegoteadas por la sangre y el barro.
Marchan felizmente los animales engordados,
descienden la pendiente entre las piedras con saltos y gritos. Piensa el hombre
solitario en las bestias de la noche: los pumas que cruzan la cordillera con
sus crías que matan crías, sus ojos brillando en la oscuridad, sus dientes
perforando la piel del macho más fuerte, la cola que escapa a los disparos que
ensordecen en vano el eco de la altura.
A lo lejos, entre firmes y elevadas
araucarias, escapa el humo de la chacra. Reconoce la huerta delimitada entre
líneas que parecen haber sido hechas con regla. Han transcurrido meses de la
partida: allí, donde hay un hombre solo hay una mujer sola. Cuántas veces
acarició su cuerpo tendido en sus fantasías, la tomaba por las caderas y la
embestía con furia, que es también amor. Gritaba su nombre al aire y una espina
entraba en el pecho y una liebre al pantalón. La soledad presenta castigos, la
ausencia desesperación.
Entonces, zarandea las riendas, galopea los
últimos metros con sólo un deseo. De un salto cae, el peso de su cuerpo altera
el silencio acostumbrado. Se suman al ruido las bisagras oxidadas de la ventana
que alguien abrió con violencia. Corre como un caballo, como un puma
hambriento, un hombre sin sombrero. Acaricia el rifle, a lo lejos, ve cómo un
culo blanco se marcha sin pausa.
Entra embravecido. La paisana está
despeinada, temblorosa, sus pechos a la vista, bien vivaces y tibios. Al verlo
desabrocharse el cinto, se repliega en la cama y cierra los ojos. Cuando se
esperaba el azote, cae a su espalda una lengua, a sus caderas unas manos y a su
sexo una embestida.
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