Una fina tabla barnizada brillando tenuemente bajo las luces
bajas, muchachas maquilladas fuman en el salón. Las sillas se van ocupando a
medida que desaparece la luna entre las nubes, en el baño vomita solitario un
bebedor.
En el bar se juntan los amigos: uno, como siempre, aún no ha
llegado. Sentados, esperan. La primera cerveza la paga el abogado. Se hacen
bromas: que tu hermana esto, que tu mamá lo otro, ríen como si nunca hubieran
escuchado los mismos chistes de las mismas bocas.
La siguiente botella al oficinista le toca, admiran,
mordiéndose los labios, el vaivén de las caderas, anchas y rellenas de la
servil mesera.
El impuntual saluda al grupo desde afuera, atraviesa
haciendo gestos el umbral, tiene los cachetes colorados y fríos, la bufanda al
cuello como una culebra del matorral. Es insultado, golpeado en el brazo: todos
esperan el momento acostumbrado de la explicación.
<<Estaba esperando al tren en la estación, –dice-
alumbraban más los autos de la avenida que los farolitos verdes que puso el
municipio. A lo lejos, veo a un tipo de gorra caminando a la par con su
bicicleta destartalada. Primero, me asusté un poco: ya saben cómo son las
estaciones a esas horas de la noche; además no había un alma. Miraba de reojo y
veía la silueta de la bicicleta avanzando, acercándose a donde estaba yo
parado. Faltando unos diez metros le grité qué quería, ahí me di cuenta que no
era un ladrón, tenía carita de buen tipo, algo pálido, delgado, cincuentón,
vestido a la ligera.
Me pidió disculpas por asustarme, pero dijo que también le
asustaba la soledad de la estación. Por las dudas, sin que se diera cuenta,
metí el celular entre el sweater y el guante: ¡todavía lo estoy pagando, me
faltan tres cuotas!
Dijo que se llamaba Carlos y que lo habían dejado plantado.
¿Se imaginan la situación? El tipo me hablaba y hablaba como si nos hubiéramos
conocido de antes, admito que algo familiar le notaba en el rostro. Y el tren
no llegaba, no llegaba.
En un momento me dice que la persona que lo dejó plantado se
había perdido veinte pesos. Yo, inocente, pregunté si tenía que comprar algo a
un vendedor o si él era vendedor: en la estación está lleno de esos tipos.
Escuchen bien lo que me dijo: que no era vendedor, que él le pagaría ese dinero
por chuparle la pija.
No sabía qué decirle, ¡viejo puto!, le tendría que haber
gritado. Pero no podía hablar, me dejó helado. Y después me dice que le
sobraban veinte pesos, que no sabía qué hacer con la guita y con las ganas de
chupar.>>
Las risas salían del vientre, se abrazaban, escupían,
blasfemaban frases misóginas y saltaban de sus asientos. “¿Qué hiciste?”, dijo
el primero en dejar de reír. “Lo cagué a puteadas y al rato vino el tren,
¡viejo puto, enfermo!”
El grupo lo aplaudió, esa había sido la mejor excusa que
recordaran, todos hicieron alarde, todos lo culparon de lo sucedido por llegar
siempre tarde.
La mesera regresó al grupo por enésima vez, se llevó el
envase vació y trajo otro lleno. El impuntual pagó con dos billetes de diez.
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