Se alejan tres entrerrianos de la orilla
húmeda y barrosa del estero. Avanzan en fila, algo cansados, cargando en sus
manos montones de Dorados pescados con cierta artesanía heredada. Quien marcha
primero tiene la barba pinchuda y moteada de gris, el segundo tiene dos
muchachitas de oro colgando del cuello y el tercero ha pescado poco.
Faltando tres horas para el atardecer
anaranjado, y unos muchos kilómetros para el pueblo, la huella del sendero se
pierde y entran entre unos enmarañados pastizales. El más viejo barre a machete
con la diestra la espesura más débil y con la siniestra alza la mercancía
muerta para que no tome sabor a pasto. El segundo pisa firme el camino que se
abre, es tanto el pesar del cansancio que su pie alcanza con impulso el extremo
más lejano de una yarará mortal. El bicho, fiero y movedizo por naturaleza,
eleva su cuerpo horizontal con suma violencia y le clava sus dientes
puntiagudos y venenosos allí, por donde terminan las piernas y empieza el
torso.
El grito masculino de dolor se pierde como
un chiflido agudo en el viento y de un solo movimiento el viejo parte a la
yarará en dos. El más joven abre sus ojos repletos de miedo y suelta los
Dorados al barro. El atacado queda tumbado y agarra su sexo con ambas manos y
putea.
Dónde un médico en el campo, dónde un
medicamento instantáneo, dónde una picadura pudorosa. Bien saben que la muerte
corre por las venas, se desparrama y hierve en las articulaciones: en pocos
minutos, los ojos quedan abiertos pero ya no ven. También saben que un corte
amistoso de cuchillo sobre la herida y una succión intermitente podrían quitar
el veneno antes de que se adentre en la piel. Pero sólo saben succionar una
mordedura en un brazo, saben poner su boca bigotuda en los tobillos de otro hombre,
saben chupar la lastimadura de un muslo pero otra cosa no.
El herido pide auxilio, los otros se miran
transpirados y le piden perdón, le explican que hay venenos que no se pueden
chupar. El más joven pretende largarse para encontrarse con la doña antes que
sea de noche y el más viejo agita los pescados que comerá en un rato. El
moribundo, ya sudando e iracundo, les pide que no lo dejen solo.
Antes de morir reparte los Dorados en dos
mitades y entrega, como un General lo hace con su sable, el cuchillo afilado
que ya no usaría jamás. Va cerrando los ojos a medida que se enfría el ardor de
la entrepierna y deja de vivir con la diestra en la herida inflamada y la
siniestra sujetando las dos muchachitas doradas.
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