martes, 2 de octubre de 2012

Las princesas feas mueren solas


“Hay que saber cuándo besar al sapo…”

 A menudo en la llanura el mediodía es mucho más que caluroso: húmedo, hediondo, pegajoso. La gente va despertando de la siesta inevitable y retoma la rutina de pueblo. Las puertas del boliche abiertas hasta el extremo, las ventanas apiladas a las cortinas cuadrillé y los pisos con dibujos ya resquebrajados. En el fondo, un hombre sentado.
Se nota que acaba de afeitarse hasta quedar como un púber. Se ha puesto su mejor pantalón, los zapatos para bailar de peña en peña que fueron alguna vez de su padre, la camisa tiene una mancha en la manga que disimula el arremangado. Pero los ojos siguen siendo los mismos como si una parte del tiempo se detuviera en el centro de la retina y nos paralizara en los años de mayor felicidad. Él no lo sabe, pero la camisa adentro y apretada por el cinto santafesino le resalta el vientre que ha dejado crecer a fuerza de asados, pan y vinos; él no lo sabe aún pero ya en el barrio le han dicho pelado.
En la misma mesa donde le habló por primera vez, recuerda lo que es la espera: el exceso de puntualidad suele desesperar a las personas. Comienza a silbar la canción más recordada, “¿te acuerdas chinita del puente Pexoa?”, canta para adentro. Se da cuenta que en el pueblo no hay puente alguno, como si nunca hubiera sido necesario uno sobre el río, como si ningún habitante hubiera necesitado alguna vez unir dos caminos, animarse a cruzar al otro lado y quizás no volver.
Piensa que ya es muy tarde para no volver: detrás de la polvareda de la calle un camión parte cargado de ganado. Las caras de los animales que pronto morirán tienen cierta expresión de inocencia y también de resignación, como si supieran desde el principio de sus vidas que se la pasarían dando vueltas en el campo, comiendo del campo, amándose y odiándose en la espesura del pasto para, finalmente, partir para no volver.
Piensa que ya es tarde para querer ser médico o abogado y ve en las caras del ganado a algunas de las personas que alguna vez lo acompañaron y busca una con sus ojos negros pero no la encuentra. También ve a una de las vacas con las ubres hinchadas y no puede evitar imaginarse a una mujer con cuatro tetas y largar una risa minúscula.
Toma un pañuelo a lunares para secar una gota sudorosa que baja por la frente, y entre parpadeo y parpadeo ve a través de la ventana a una mujer fondona rodeando a paso pesado y tembloroso la esquina del local. Lleva puesto un vestido amplio repleto de girasoles, tiene el pelo recién crecido pegado a su nuca como una figurita. Ha caminado más de cinco cuadras bajo el sol de verano.
Boquiabierto, deja caer de sus manos el pañuelo mojado. Algo lo extrañó en los ojos cansados de esa mujer andante: como si lo lejano del verde de la pupila recordara a una lejana amante, joven muchacha de finas caderas, de manos delgadas y tobillos decorados, de labios gruesos. El olor que ella dejaba en su almohada poco se parece al hervor de la tierra caliente.
De repente, sin siquiera pensarlo, salta como un potrillo a través de la ventana y, rengueando, se pierde en polvareda. La mujer entra al local en el preciso momento en que el mozo exagera unos ademanes al caballero que acaba de partir. En el piso queda transpirado un pañuelo a lunares.

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